La momia guanche que estuvo exhibida desde 2015 en el Museo Arqueológico Nacional (MAN), pero que lleva siglos fuera de las islas, ha sido retirada de la exposición junto a otros muchos restos humanos. Esta decisión del Ministerio de Cultura responde a la idea de «descolonizar los museos estatales y adoptar nuevas normas éticas». Además, confirman que no podrá ser exhibida salvo en casos «imprescindibles», pero, ¿quién fue esta momia?, ¿cuándo y dónde se descubrió?, ¿por qué fue llevada a Madrid y no se mantuvo en Canarias? Un estudio realizado por invesitigadores del MAN y del Hospital Universitario Quirónsalud Madrid aporta estas y otras muchas claves sobre la historia y conservación de este xaxo.
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Fue hallada en la isla de Tenerife, más concretamente en los municipios de Güímar y Fasnia. Localizada en la costa suroriental de la isla, la cueva del Barranco de Erques (de la que se ha perdido la localización exacta) albergaba «no menos de mil» cuerpos momificados. Tal y como indican los documentos expuestos en el estudio, se trataba de una zona de muy difícil acceso, por lo que acentúa aún más la proeza del descubrimiento, que data de entre 1763 y 1764.
Se trata del espécimen mejor conservado de las momias guanches y hoy en día son pocas las reliquias humanas que mantienen tan bien su composición.
El procedimiento, una vez fallecía la persona, comenzaba con el embalsamado. El cuerpo era entregado por sus familiares a embalsamadores (no muy bien considerados socialmente) que se encargaban de preparar el cadáver. Posteriormente, se llevaba a cabo el lavado del cadáver, que podía ser con agua fría dos veces al día, con una infusión de agua cocida con hierbas, o con agua de mar. A continuación venía la evisceración, que consistía en extraer intestinos, estómago, hígado, etc. Sin embargo, este paso podía variar o simplemente no realizarse, según la época en la que se llevaba a cabo. Para finalizar, antes de secar el cuerpo (al sol o con arena previamente quemada) eran huntados en manteca y grasa animal y, a su vez, se les introducía un preparado de hierbas, brezo, pino y manteca animal por la boca para uniformar su interior.
Cuando se cumplían todos estos pasos, se protegía y preparaba el cuerpo para su sepultura. El enzurronado (término epecífico utilizado en Canarias), se refiere a la cobertura de la momia con diferentes mantas de piel de animal (cabra, oveja o cerdo) junto a tejidos de palma o junco. Tras ello, se introducía el cuerpo en la cueva ocupando su respectivo espacio.
El gran estado de consevación posibilitó a los expertos a entender el contexto en el que vivió este guanche: edad, sexo, rasgos físicos o estatus.
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Con respecto a la edad del difunto, el cuerpo presenta unos patrones que permiten determinar que se trataba de un hombre de una edad aproximada a los 35 o 40 años al momento de fallecer. El sexo no es solo fácil de reconocer por el buen estado de conservación de los genitales (que además aseguran los estudios que son «de gran tamaño»), sino por la postura del cuerpo al ser momificado. Los hombres eran colocados con las manos extendidos sobre los muslos, mientras que las mujeres lo hacían con las manos juntas sobre el vientre.
Profundizando en los rasgos físicos, los profesionales determinan que en el esqueleto se aprecia una leve escoliosis, falta de fusión vertebral (típico de los guanches) o rótulas bipartitas (una pequeña fragmentación en el hueso de la rodilla).
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Otros aspectos como el buen estado de sus manos y uñas o de su dentadura indican que se trató de una persona con un estatus social alto. Por un lado, las manos denotan que no son las de un hombre que tuviera que desempeñar trabajos forzosos, mientras que la dentadura, completa y sin imperfecciones, determina que se trató de una persona bien alimentada, que su dieta fue baja en azúcar y que debió mantener unas condiciones mínimas de higiene.
Al tratarse de un ejemplar casi perfecto, en julio de 1764 (mismo año en el que fue hallado) se envió a la corte embalada en lana y en un cajón. El 23 de agosto de ese año llegó a la aduana de Madrid y se mantuvo en la casa del regidor Francisco Javier Machado hasta diciembre de 1766. En esa fecha, fue trasladado al Museo de Antigüedades de la Real Biblioteca. Diez años después, en septiembre de 1776, se determinó que a partir de una Real Orden todo lo relativo a la historia natural debía de entregarse al Real Gabinete de Histoia Natural, que más adelante cambiaría su nombre a Museo Nacional de Ciencias Naturales. Finalmente, tras ser exhibida en diversos museos y exposiciones incluso fuera de España, como en la Exposición Universal de París de 1878, pasó a integrarse en el MAN en 2015, institución que recibe cientos de miles de visitantes cada año.
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Hay que remontarse casi 50 años atrás para entender la magnitud del caso. Fue en 1976 cuando se formalizó la primera petición oficial acerca de la devolución de restos humanos a las islas. Sin embargo, tras varias décadas de lucha y otras siete peticiones, no solo dejará de estar exhibida en el MAN, sino que tampoco será devuelta, permanecerá guardada en un almacén. Al menos por ahora.
La útlima propuesta, de Coalición Canaria en 2024, y respaldada en su día por toda la Cámara en el Parlamento Canario (excepto los cuatro diputados de Vox) resultó también en vano, pues el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, mantiene el «respeto de no exhibir restos humanos».
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Por su parte, el Cabildo de Tenerife considera una «ofensa para todos los canarios» que un resto aborigen de tal importancia reciba ese trato. «Con independencia que compartamos o no el criterio anunciado por el ministro, lo coherente sería que el propio Ministerio accediera a permitir que llegue a la isla la Momia de Erques», asegura el vicepresidente y consejero de Turismo, Lope Afonso.
Aunque la negativa del Gobierno central durante tantos años invite al pesimismo, tanto Lope Afonso como la presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila, coinciden en que las autoridades competentes deben actuar con celeridad y sensibilidad para facilitar el retorno de este patrimonio a su hogar legítimo.
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