
El PP recula
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La idea de una derecha 'canovista', propia de los bipartidismos dinásticos en las restauraciones borbónicas, es imposible con VoxLos hechos definen a las personas y no sus palabras. Y quien dice personas, afecta por igual a los políticos, que no dejan de serlo. ... Esto es lo que ha pasado con María Guardiola que, al final, ha tenido que asumir que sin Vox ella y su partido, tanto en Extremadura como en el poder central, no es nada. La imagen de moderación se le ha caído en cuestión de días. Y si lo hace, no cabe duda, es por orden de Alberto Núñez Feijóo. Este vende una cosa de cara a los medios de comunicación, en modo evasivo, y otra es la realidad insoslayable.
Por otro lado, Extremadura ha sido para Vox la prueba del algodón. Esto es, si aquí Santiago Abascal cedía, sabía que el PP luego le pediría que hiciese lo propio en otras latitudes y, sobre todo, de cara a La Moncloa. Por eso Abascal elevó el listón y el amago de Guardiola quedó en eso: en nada. Feijóo no está para bromas. Evidentemente, esto tiene un coste para el PP. Quizá, no ahora, pero sí con el tiempo; la próxima legislatura, con ambos en el poder estatal, será polarizada y complicada. Es la guerra cultural que Vox le impone al PP.
La idea de una derecha 'canovista', propia de los bipartidismos dinásticos en las restauraciones borbónicas, es imposible con Vox. Y es igual (es un decir) que el neofascismo tenga 30, 40 o 50 diputados. Dicho en plata, tal como está el tablero, los populares no pueden pasar de la extrema derecha; están sujetos a ella, les guste o no. Así las cosas, lo de Canarias de ir de la mano con CC, es la excepción y no la norma. Ya quisiera Génova que el pacto isleño se reeditase en otros lugares, pero es lo que tiene la plurinacionalidad del Estado y el peso de la meseta. De esto se aprovecha Vox en Extremadura.
Hubo una época en el que de cuando en cuando el PP vislumbraba algún dirigente suelto que iba de verso libre. Pensemos en Alberto Ruiz-Gallardón, tan cacareado como un liberal amable por algunos medios de comunicación de línea editorial progresista. Cuando llegó a ministro de Justicia con Mariano Rajoy, la realidad fue otra. Los espejismos duran lo que duran. Pero a María Guardiola, y su intención de sacudirse a Vox, le supone una hipoteca onerosa. No ha logrado ni ser una cuarta parte de lo que evocó aquel Ruiz-Gallardón.
En las islas, si lo emplea con inteligencia, Manuel Domínguez jugará a representar ese centrismo que tanto necesitará el PP. Lo tiene en bandeja, es lo que dispone haberse entendido con CC y dejar fuera a Vox. Pero esa suerte del que fuera alcalde de Los Realejos, no la tiene sus correligionarios. Domínguez tiene esa carta que poner sobre el tapete y, al tiempo, ir cubriendo un partido que (tras la salida de José Manuel Soria) se quedó sin banquillo. Y con la Vicepresidencia y la Consejería de Economía, podrá hacerlo si es astuto. Eso sí, tendrá que distanciarse de todos estos episodios que llegarán desde la meseta y que implican a su formación con Vox. Tratará de hacer ver que la cosa no va con él. Justo lo que María Guardiola en Extremadura no ha logrado; simplemente, fracasó.
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