
¿Hacia un nuevo feudalismo global o una oportunidad para reinventar el poder?
Raúl García Brink
Consejero de Medio Ambiente, Clima, Energía y Conocimiento. Cabildo de Gran Canaria
Martes, 4 de marzo 2025, 23:02
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Raúl García Brink
Consejero de Medio Ambiente, Clima, Energía y Conocimiento. Cabildo de Gran Canaria
Martes, 4 de marzo 2025, 23:02
La historia no se repite, pero a menudo nos ofrece ecos del pasado. En un mundo cada vez más fragmentado, donde el poder tiende a ... concentrarse y la competencia por los recursos define la agenda global, surge una pregunta inevitable: ¿estamos presenciando el resurgimiento de un feudalismo moderno? La incertidumbre, el auge de corporaciones transnacionales y la erosión del Estado-nación nos invitan a reflexionar sobre si nos enfrentamos a un retroceso o a un cambio de paradigma que, gestionado adecuadamente, podría ofrecer nuevas oportunidades.
En la actualidad, la diplomacia se entrelaza con estrategias de confrontación y proteccionismo. Conflictos como el de Ucrania revelan tácticas que evocan épocas medievales. Algunos líderes como Putin recurren a la fuerza militar y a decisiones unilaterales para reconfigurar el mapa geopolítico, mientras que otros como Trump emplean la humillación, la coerción económica y el control de recursos estratégicos como armas de negociación. Aunque estos patrones no son nuevos, la escala y los actores involucrados han cambiado significativamente.
La invasión de Ucrania señala el fin del orden unipolar que predominó tras la Guerra Fría. Potencias como Rusia desafían las normas internacionales, recordando la coexistencia de reinos y feudos en la Edad Media, donde el poder se basaba más en la fuerza que en acuerdos formales. Hoy, el escenario global se asemeja a una partida entre Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea, donde se juega el futuro del derecho internacional y la estabilidad mundial.
A este panorama se le suma un factor crucial: el poder ya no reside exclusivamente en los gobiernos. Expertos como Parag Khanna advierten sobre la fragmentación del mundo en un mosaico de megaciudades, corporaciones transnacionales y élites tecnocráticas que operan al margen de los Estados tradicionales. En la era digital, el poder ya no reside exclusivamente en los gobiernos. Las grandes plataformas tecnológicas, a través de sus algoritmos, ejercen una influencia considerable sobre nuestras vidas. Este fenómeno, que algunos describen como una forma de 'tecnofeudalismo', plantea desafíos significativos para la gobernanza global. Yanis Varoufakis denomina este fenómeno 'tecnofeudalismo', donde las grandes plataformas digitales acumulan más influencia que muchos países, modelando economías y sociedades a su antojo.
El pasado sigue proyectando su sombra sobre el presente: el uso de mercenarios como el Grupo Wagner, el auge del proteccionismo, la proliferación de Estados frágiles y el creciente poder de las grandes tecnológicas son indicios de que el sistema actual se asemeja más a un conjunto de señoríos feudales que a una comunidad internacional unida.
Más que un simple retorno al feudalismo, podríamos estar ante una profunda transformación del poder global. Parag Khanna sostiene que el futuro dependerá de redes interconectadas de ciudades, regiones y actores económicos que actuarán con mayor autonomía. Este cambio podría generar oportunidades, como el desarrollo de infraestructuras, la diplomacia regional y la movilidad, permitiendo que territorios estratégicos se posicionen en este nuevo escenario.
Sin embargo, por ahora, la balanza se inclina hacia un nuevo feudalismo global. La erosión del Estado debilita la capacidad de regular el poder de las grandes corporaciones y mantener la estabilidad social. Un mundo más fragmentado podría traducirse en una mayor competencia por los recursos, conflictos descontrolados y la pérdida de mecanismos de cooperación global. El auge del 'tecnofeudalismo' plantea el riesgo de que el poder se concentre en empresas sin rendición de cuentas democrática, agravando las desigualdades y dificultando la gobernanza global.
Nos encontramos en una encrucijada. Si fortalecemos la cooperación, promovemos la conectividad global y establecemos mecanismos para evitar la concentración de poder, aún podemos revertir esta tendencia. De lo contrario, la fragmentación y la lucha por los recursos seguirán marcando el rumbo, consolidando un mundo donde los intereses de unos pocos prevalezcan sobre el bienestar común. El futuro aún está en juego. Y, aunque es harina de otro costal, es fundamental reflexionar sobre cómo esta encrucijada puede influir en territorios específicos como Canarias, cuya posición geoestratégica y dependencia de ciertos sectores económicos la hacen particularmente vulnerable a los cambios en el orden global.
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