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Anda el sector en el que uno trabajo revuelto por las palabras del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su comparecencia en La Moncloa el ... pasado lunes y en la posterior entrevista en La 1 de Televisión Española. El debate que calienta imprentas y algoritmos es el de si hace falta poner límites a los medios de comunicación, cómo se hace, si estamos en los prolegómenos de un Ministerio de la Verdad, si las libertades están a punto de ser guillotinadas, etc.
En esto, como en todo, sucede que mirarnos el ombligo es un ejercicio tan placentero como el estar ante la pantalla del móvil viendo Tik Tok: uno puede echarle horas al asunto y al final se queda con la sensación de que no ha avanzado un milímetro.
Sucede, además, que como este mundo de la información anda buscando un faro, una guía, una luz al final del túnel de una crisis estructural, pues no parece entretenido esto de desviar la mirada y ponernos a debatir sobre qué demonios se le habrá ocurrido al presidente y qué necesidad tiene de meterse en nuestro jardín. ¡Faltaría más! Cuando de horticultura informativa sabemos más que nadie... pero luego sucede que miramos ese jardín y vemos cómo la maleza se ha ido apoderando de la superficie, como el rabo de gato lo ha invadido casi todo y las flores apenas se dejan ver porque al suelo se lo han comido esa y otras especies invasoras.
Hubo un tiempo no tan lejano en que fuimos conscientes de ciertos peligros pero no se quiso atajar el problema. Me refiero a la pandemia: fue entonces cuando vimos con toda su crudeza los riesgos de la desinformación, los bulos y el negacionismo. En aquel tiempo en que pensábamos que íbamos a salir mejores, más unidos y solidarios, se colaron en nuestra convivencia lo peorcito, la desunión y la insolidaridad. Pero no llegaron porque sí, de manera espontánea, sino inoculadas (cual vacuna, sí, pero tóxica) a propósito y con un interés claro: sembrar la confusión y que en ese río revuelto hubiera quien hiciera negocio y, de paso, quien dinamitase las democracias. Fue entonces cuando se debió haber actuado, modificando normativas, depurando responsabilidades, aplicando al mundo digital al menos las mismas exigencias que al impreso... pero no se quiso hacer porque hubo miedo.
Ahora nos podemos poner exquisitos (los de este lado) y confundir un debate con otro, pero ya es tarde. El jardín no es que esté revuelto:es que el rabo de gato lo ha ocupado todo. ¿Qué hacemos entonces? Pues está claro que volvemos a mirarnos el ombligo. Así nos va...
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