La inmigración como polémica ejerce una función social de entretenimiento. Será más intensa en próximos capítulos; estos primeros trazos no quedarán en episodio breve, como aquellos ensayos de 2006. El fenómeno actual viene para quedarse. Ahora sabemos, gracias al calculado desdén de los Marlaskas, que es una apuesta estructural.

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El modelo de Estado que promueve esta generación incauta asigna a Canarias una función nueva. Contenedor de retornables, dijo el viernes el ministro de Migraciones mientras sonreía, creyéndose gracioso. No fue una ocurrencia; la misma canción de los envases entonaron con muy poca diferencia horaria el propio Marlaska en Rabat, Ábalos en Tenerife, Robles en sus cuarteles, mientras sonaba al fondo la orquesta desde Bruselas. Creer que esta sinfonía es improvisada es de una ingenuidad temeraria. Es un plan activado hace ya algún tiempo.

La explicación de tal dinámica no está en la vieja pobreza africana, que existía antes de que esto pasara y seguirá vigente después, empeorada. La mayoría de los rescatados en el mar desde agosto tiene procedencia marroquí, y sin esta variable es imposible abordar la ecuación. Se trata de un ejercicio de geoestrategia, que hasta no hace mucho se definía como un conflicto de baja intensidad. La trama es simple; un incendio aquí puede conceder ventaja en otros escenarios. La conciencia de estas maniobras en Canarias se confunde con la calima, pero el silencio nunca fue inocente. El desembarco en la plaza de la Feria, más que una casualidad, parece una avanzadilla.

El Gobierno canario todavía no ha llegado, distraído entre las flores de presupuestos propios y ajenos. No se entera de que este plan es una de sus nuevas obligaciones federales. Ahora vendrán los ejercicios de didáctica, los ministros misioneros, los relatos. La quincalla.

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