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Efe / Washington
Jueves, 13 de diciembre 2018, 17:45
Butina, de 30 años y a quien Estados Unidos vincula con el Kremlin, confesó su culpabilidad en un delito que le podría acarrear una condena máxima de 5 años de prisión en el marco de un caso que ha generado una gran expectación y que provocó que la sala estuviera hoy repleta de periodistas.
La acusada reconoció sus actos, en coordinación con funcionarios rusos, para tejer una red de influencia en la política estadounidense cuando se hacía pasar por estudiante.
Con un mono verde de presidiaria y su larga melena pelirroja anudada en una trenza que caía hasta la mitad de su espalda, Butina accedió a la sala para reconocer su responsabilidad en los actos de espionaje.
«Culpable», aseguró la espía confesa ante la jueza del caso, Tanya Chutkan, después de que el pasado lunes su defensa registrara una petición en la que solicitaba una audiencia para cambiar su declaración inicial, en la que dijo que era inocente.
Durante la vista de este jueves, que se extendió más de una hora, la agente confesa afirmó que era consciente de que tras cumplir la pena que se le imponga podría ser deportada o mantenida en libertad vigilada.
Según la fiscalía, la presunta espía rusa tejió una red de influyentes contactos en Estados Unidos para beneficiar al Kremlin en una operación que inició en marzo de 2015 y que finalizó en julio de 2018, cuando fue detenida.
Butina entabló -de acuerdo a los hechos reconocidos ahora- relación con un estadounidense con quien llegó a emplear el traductor de Google para entablar conversaciones en inglés y presentarle una «propuesta de proyecto» ante las elecciones de 2016.
La ciudadana rusa inició su misión en territorio ruso, pero en agosto de 2016 se mudó a Washington con un visado de estudiante, presuntamente solicitado como parte del plan de Rusia, momento en el que las autoridades de Estados Unidos comenzaron a seguirle la pista.
Antes y después de entrar en territorio estadounidense, Butina, que supuestamente trabajaba para un alto funcionario ruso, tejió una red de contactos influyentes en la política estadounidense que le llevaron hasta el más poderoso «lobby» de armas, la Asociación Nacional del Rifle (NRA), ante la que se presentó como una activista rusa en defensa del derecho a portar estos artilugios.
Butina puede verse posando en imágenes con la directiva de este grupo de presión y con miembros el Partido Republicano -del que forma parte el presidente de Estados Unidos, Donald Trump-, con quienes buscó establecer canales de comunicación informales de cara a las elecciones presidenciales de 2016, según la acusación.
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